Un refugio contaminado en Chile para familias colombianas

Un rincón de Chile, contaminado con metales pesados, aloja a cientos de colombianos que huyeron de la violencia.

En cerro Chuño, Arica mayo 2016. Las cifras del Departamento de Extranjera de Chile muestran que desde 2005 Colombia ya era, por mucho, el principal solicitante de refugio con 78.7 por ciento de las solicitudes. Fotos Victor Ruiz Caballero para R35R

Allá en Colombia, en el puerto de donde vienen estas familias, le llaman “muerte natural” a morirse de un balazo. Aquí en Chile, ya con el peligro lejos, le ponen más ironía y le dicen “plomonía”.

Una tarde, en una población de Arica llamada Cerro Chuño, comenzó el relato de un sobreviviente colombiano llamado Eliézer Rojas: “mi hermano vio cómo mataron a otro”, dijo el chico. Y se le acercó un vecino, después otro y otro más.

Cuando habla, Eliézer tiene imán, y más por la historia que vivió antes de llegar aquí: “Otra persona fue y lo amenazó. Yo como lo conocía del mismo barrio, lo enfrenté”, continuaba la narración.

Llegaron las cervezas, él destapó la suya con una sola mano y no paró de hablar. Miraba a los ojos a cada uno a su alrededor. “Después me dijeron que tuviera mucho cuidado porque me iban a matar. Pasaban por mi taller y hacían tiros al aire desafiándome”.


Este reportaje fue elaborado por Rodrigo Soberanes (texto) y Víctor Ruiz Caballero (fotografías) de Ruta35 y es republicado en CONNECTAS gracias a un acuerdo de difusión de contenidos. 


Eliézer es un joven afrodescendiente que salió de su casa en el puerto de Buenaventura con lo que traía puesto y tras varios días de viaje cruzando Ecuador y Perú, y cuatro intentos fallidos de entrar a Chile pidiendo refugio en la frontera, se internó al país usando uno de los pasos no habilitados, en un tramo desértico sembrado de minas antipersonales.

En Cerro Chuño eligió una de las casas abandonadas que ahí encontró. Era una población con basura en las calles y contados habitantes rondando entre los callejones vacíos y polvorientos. Lo que no pudo ver son las partículas de plomo y arsénico flotando en el aire que causaron el éxodo de los que vivían ahí.

Cerro Chuño está, en efecto, en un cerro. Su avenida principal con callejones a los costados, banquetas, señales de tránsito oxidadas y escombros, se extienden sobre un relieve cuesta arriba que termina en un predio donde la empresa Promel procesaba metales y relaves mineros. El mismo lugar donde la firma confinó 20.000 toneladas de desechos tóxicos provenientes de Suecia, en los años 1984 y 1985, y donde el Estado chileno autorizó construir en la década de los noventa las poblaciones Cerro Chuño, Los Industriales, Villa Los Laureles y Villa El Solar.

En menos de dos años, los habitantes comenzaron a sufrir diversos tipos de enfermedades como leucemia, cáncer de pulmón, de piel, lesiones cutáneas malignas, efisemas y abortos espontáneos en mujeres embarazadas. Los niños que pudieron sobrevivir a la gestación nacieron con malformaciones y severos daños neurológicos. Hasta el día de hoy son conocidos como “los niños del plomo”.

En el año 2009 la presidenta Michelle Bachelet, luego de que el gobierno detectara niveles tóxicos muy superiores a los permitidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), ordenó la ejecución de un Plan Maestro de Intervención en Arica para reubicar a 1.880 familias chilenas de Cerro Chuño y las villas aledañas. Cerca de 3.000 personas fueron movilizadas en la ciudad.

Pasados los primeros años del reacomodo, solo fueron quedando algunas familias, como la de Macarena Águila, quienes, desde la puerta de su casa, recuerdan cómo desapareció la vida en las casas y los callejones de Cerro Chuño, y cómo era el lugar que se encontró Eliézer al llegar:

“El sector se convirtió en pueblo zombie. Acá quedaron pocas familias con niñitos chicos. No había cómo llenar una fiesta de cumpleaños, era triste. Salían a jugar y no tenían amigos con quién jugar porque todos se habían ido”, recordó Macarena, rodeada de sus hijos pequeños y ahora también de otros niños colombianos, sus vecinos recién llegados, jugando con ellos en su patio.

Carrusel con explosivos, coyotes y discriminación

En el terminal de buses de Tacna, la ciudad más austral de Perú, el arribo de grupos de personas colombianas es constante. Muchos llegan con los colores de su bandera en alguna prenda de vestir y se hacen fácilmente reconocibles dentro del cerco de jaladores que los abordan para ofrecerles entrar a Chile por pasos no habilitados.

Los intentos de “engancharlos” ocurren frente a los policías que vigilan el terminal y a la vista de cualquiera. Los contactos se dan antes de que puedan dirigirse a los pequeños escritorios individuales donde hay personas con fajos de billetes y una calculadora, ofreciendo cambio de divisas.

Los enganchadores son persistentes y siguen a los colombianos hasta los baños del último rincón del terminal donde, después de un viaje de 22 horas desde Lima, buscan con urgencia una ducha antes de seguir su camino.

Algunos, como Eliézer, resisten e intentan entrar por la vía legal tomando otro bus que los lleva en un recorrido de menos de media hora a través del desierto al control fronterizo de Santa Rosa, el segundo más transitado de Perú, solo por debajo de el aeropuerto de Lima.

Aquí hay un carrusel humano de migrantes rechazados por los agentes de la Policía de Investigaciones (PDI) de Chile en el control fronterizo de Chacalluta que se ven obligados a tomar un bus de regreso a Tacna. El Servicio Jesuita a Migrantes asegura que los afrocolombianos ha sufrido racismo en la fila de espera y en las entrevistas con los funcionarios chilenos.

“Nunca hemos recibido a un migrante colombiano rechazado de Chacalluta que no sea negro”, dijo Enrique Guevara, abogado del Servicio Jesuita a Migrantes de Tacna, con oficinas frente al terminal de buses.

“Solía ocurrir que sacaban a las personas de color de la fila, o las devolvían simplemente o les hacían muchas preguntas. La PDI se atribuye la capacidad de negar el refugio, aún cuando no son el ente competente. Su deber es dejarlos ingresar y decirles a dónde tienen que ir para solicitar el refugio, en Extranjería”, explicó Javiera Cerda del Valle, directora del Servicio Jesuita a Migrantes de Arica.

Eliézer estuvo formado en esa fila y le explicó a un agente de la PDI el peligro inminente en el que estaba su vida. Lo rechazaron y le tocó esperar algún bus con cupo que viajara en sentido opuesto. Al momento de ser rechazado no estaba ni en Chile ni en Perú, sino en una zona franca, en medio del desierto, sin el verde que vio toda su vida. Con una resequedad que cuartea la piel y un sol que causa una sensación de urticaria.

Regresó a Tacna pero, una vez más, no aceptó la oferta de los jaladores, ni en las siguientes tres vueltas, y siguió dentro del carrusel de personas caminando del terminal hacia una pequeña plaza que los peruanos, con humor ácido, llaman “el muro de los lamentos” en donde las personas rechazadas se detienen a pensar qué hacer con sus vidas. Ahí se toman grandes decisiones.

Frente a esa plaza está una zona de hostales. Uno de ellos es el de don Beto: 15 soles (4.5 usd) por noche. Camas polvorientas con colchones menos gruesos que el puño de un niño, escusado sin tapa, regadera con cables eléctricos que echan chispas, agua fría, suelo sin barrer y vista desde la ventana al “muro de los lamentos”. Nuevas salidas hacia la frontera y nuevos regresos. Noches recordando el pacífico colombiano…

Buenaventura es un lugar con presencia histórica de guerrilla, pero el azote de la población en los últimos años son Los Urabeños, La Empresa y las Autodefensas Gaitanistas de Colombia. Son grupos de delincuencia organizada que, según un informe de Human Rights Watch (HRW), “extorsionan, restringen la circulación en los barrios, reclutan por la fuerza a menores y comenten actos aberrantes de violencia contra cualquier persona que se oponga a sus intereses”.

Este documento de HRW tiene información recopilada desde 2009 y testimonios que hablan de las “casas de pique”, que son casas donde esos tres grupos descuartizan a sus víctimas.

Los gritos de un torturado suenan diferente a cualquier otro. Es como si las súplicas tuvieran otra frecuencia sonora y se escuchan a muchos metros de distancia. Se cuelan entre otros ruidos más altos y taladran los oídos. Aún así, estas “aberraciones” pasaron años cubiertas por el manto de la impunidad, pues hasta 2014 el gobierno colombiano admitió su existencia, por eso HRW habla de una marcada ineficacia policial en Buenaventura que ha impulsado el éxodo hacia Chile.

Una mañana, en Tacna, Eliézer reconoció a dos integrantes de la banda de los Urabeños rondando el terminal. A casi 4.000 kilómetros de casa y de su taller vacío con sus herramientas oxidándose, este joven volvió a sentir la posibilidad de caer en manos de una banda criminal que mata y descuartiza. Fue cuando decidió aceptar la oferta de los jaladores y marcharse con ellos.

“Era una zozobra porque estaba viviendo en la pura frontera donde todo el mundo pasa y estás a la expectativa de que vas a coincidir con otra persona de grupos (delictivos) que hay en Colombia y tú dices, también me van a dar acá”.

El relato de Eliézer era escuchado con el respeto de una feligresía:

“Yo estando en Tacna vi a dos personas que pertenecían a un grupo de Urabeños, de la ciudad y la comuna de donde yo soy. Yo por eso me metí (al desierto) rápido”.

Hay tres rutas no habilitadas para entrar a Chile desde Tacna. La más utilizada es la que corre por una vía de tren en desuso. Adentro de los rieles está la garantía de llegar con vida. Afuera están las minas antipersonales que el gobierno militar colocó en 1980 durante la dictadura de Augusto Pinochet, quien creía que Argentina, Bolivia y Perú podían invadir Chile por conflictos territoriales.

Eliézer le pagó 200 dólares a un jalador que simplemente lo llevó en un punto llamado El Palo, un par de kilómetros antes del paso fronterizo. Él y un grupo de más colombianos que completaban el cupo del vehículo fueron llevados a la vía que corre en paralelo a un kilómetro de la carretera aproximadamente.

Según los testimonios recabados por Enrique Guevara, abogado del Servicio Jesuita a Migrantes en Tacna, la recomendación de los jaladores, una vez que abandonan a sus clientes entre las minas antipersonales son “seguir las huellas de migrantes que ya transitaron, no prender ninguna luz para no alertar a los carabineros y rezar”.

Y hay ocasiones en que ni eso les dicen. “Nomás me metí a la vía y ya, la información que me dieron fue: mire, usted siga en este camino y siga de largo, no gire hacia ningún lado que así llega a Chile”, contó Eliézer.

Javiera Cerda afirma que las minas antipersonales “son la mayor preocupación” para el SJM porque en febrero de 2012 se desbordó el Río Seco, en territorio Peruano, y causó el desplazamiento de miles de éstas y a la fecha no están localizadas. Caminar en esa zona puede ser como jugar a la ruleta rusa.

Junior Cabeza y Anderson Rodríguez son dos colombianos que pisaron minas y sufrieron mutilaciones en una pierna, en 2015. Ambos, de acuerdo con la cónsul colombiana en Arica, Nina Consuegra, volvieron con prótesis a su país después de recuperarse. En 2016, un peruano murió y un dominicano también perdió parte de una pierna.

El grupo de Eliézer caminó a través del campo minado durante horas en la oscuridad, sin linternas para no atraer a los Carabineros. “En el camino hay puro desierto y frío. Yo me tiré sin mochila, solamente con la documentación que traía, teniendo fe nomás”, contó en migrante.

No hay en el mundo noches más iluminadas que las del desierto chileno, pero los colombianos, usando la concentración de un equilibrista para no acercarse a las minas, no lo habrán notado. Y finalmente vieron las luces del aeropuerto de Arica. Fue como un faro para el que llega de altamar.

Pasaron los meses y la familia de Eliézer también se instaló en Cerro Chuño. No vivieron mucho tiempo en su primer casa, pues en cuanto pudo, con su sueldo de soldador, se fue con sus dos hijas y esposa a donde pudieran respirar aire puro.

Y así, familias enteras siguen llegando desde Buenaventura –el puerto más importante del pacífico Colombiano- a ciudades del norte de Chile, una región tranquila del continente. Muy tranquila para ellos, y con el mayor desarrollo minero de América Latina y la generación de empleos directos e indirectos que eso conlleva.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 1982 habían 83 mil migrantes y en 2014 ya se contabilizaban 411 mil. Esto significa que la población migrante en Chile pasó del 0.7 por ciento al 2.3 por ciento del total de la población.

En 2005 habían 5.066 colombianos en Chile. En 2014 habían 25.038, lo cual representa un incremento del 394 por ciento. Es decir, Chile y Colombia están en un proceso de integración notable.

Después del plomo… más plomo

Arica es la primer ciudad chilena que han visto los miles de colombianos que llegan por tierra después de cruzar Perú. Y cuando ahí se habla de la comunidad colombiana en una conversación callejera cualquiera, se habla también de Cerro Chuño, que está en una de las entradas de la urbe.

Para notar Cerro Chuño al entrar a Arica será necesario que alguien lo señale al pasar (hacia la izquierda y hacia arriba) porque parece que ahí no vive nadie. Y no debería vivir nadie. Los 1.880 afectados de esa zona prueban que esa contaminación existe.

“Se han evidenciado niveles de plomo en la sangre y de arsénico inorgánico en la orina mayores a los niveles de referencia de la OMS”, dice el informe del Plan Maestro de Intervención.

A las cinco de la tarde el sol aprieta en Arica. Desde Cerro Chuño se nota cómo se le acentúan los colores y relieves sombreados al Morro con su gigante bandera chilena. También a las embarcaciones del Puerto; más cerca, a las grúas que mueven la carga; más cerca aún, al mosaico variopinto que forman los contenedoras apilados al otro lado de la carretera, y a la camioneta roja de Harold Gaspar Otero, quien viene llegando a casa con sus dos niñas de uniformes escolares verdes y trenzas de colores.

Harold también huyó de la “plomonía” de Buenaventura y trajo a su familia poco a poco hasta tenerla a toda completa. Sus hijas menores nacieron en Chile.

La brisa fresca que llega desde el mar es uno de los componentes que hacen de esa zona la más contaminada de Arica, de acuerdo con información del Plan Maestro ordenado por Bachelet, porque el aire que refresca las casas de Cerro Chuño también llega con niveles altos de arsénico.

La contaminación descrita por las autoridades está también en cada rincón del interior de las casas, pues el Instituto de Salud Pública encontró “niveles muy altos dentro de las casas”. Es decir, de las casas que ahora los inmigrantes están felices de habitar.

“Dicen que hay contaminación de plomo pero hasta ahorita no hemos sentido ningún mal síntoma y espero que no suceda”, dijo, torciendo el gesto y levantando los hombros, Feliciano Caicedo, otro joven colombiano con historia calcada a la de Eliézer que estaba rondando en los callejones.

En el hogar de Harold se reúnen parientes y amigos que salen de casas aledañas. Llega también Eliézer desde su barrio, su presencia inspira a los recién llegados a Cerro Chuño porque él logró alquilar una casa a su gusto y darle una vida en paz a su familia, que es lo que todos quieren.

Los grandes organizan la colecta para comprar cerveza. Los adolescentes tienen prohibido beber alcohol y se abstraen en sus teléfonos celulares. Las niñas de Harold, nacidas en Chile, corren, empolvan su reciente muda de ropa y despeinan sus trenzas de colores.

Desde 1997, muchos años antes del nacimiento de estas niñas y de que su padre huyera de las balas a 4.000 kilómetros de distancia, el Instituto de Salud Pública de Arica analizó el material confinado y detectó “concentraciones de riesgo” para las personas. En 2009 fueron retirados por completo los materiales contaminados.

Así fue como se fueron quedando vacías las casas de Cerro Chuño hasta que ya no alcanzaron los niños para hacer una fiesta de cumpleaños.

Mientras tanto, en Puerto Buenaventura, en 2009 también, comenzaba otro recuento: el de los desplazados por la violencia realizado por HRW. Y eran, hasta el 2013, al rededor de 13.000 desplazados por violencia.

Son personas que no se sabe dónde están. Pueden que estén hechos pedazos en el fondo de la bahía de Buenaventura o enterrados en fosas clandestinas. O vivos en Cerro Chuño, dándole cero importancia a exponerse al arsénico o plomo.

El informe de HRW se llama “La Crisis de Buenaventura. Desapariciones, desmembramientos y desplazamiento en el principal puerto de Colombia en el Pacífico”. Es la recreación del mundo que dejaron atrás los nuevos habitantes de esta población contaminada.

Un recuerdo que todos tienen, por ejemplo, y que ayuda a explicar su presencia en Cerro Chuño, es éste que consigna el informe:

El 13 de septiembre de 2013 hubo una marcha en Buenaventura de cientos de personas pidiendo paz. El obispo Héctor Epalza Quintero lideró la manifestación que pasó por varios barrios y terminó en una cancha de futbol. Ahí rezaron. Al día siguiente, ahí donde rezaron, apareció la cabeza de un joven de 23 años y el resto de su cuerpo fue regado en pedazos en barrios aledaños. Su familia pidió justicia pero recibieron amenazas y acabaron esfumándose.

En septiembre de 2014 la Interpol detuvo en Antofagasta a Fanny Grueso Bonilla, alias La Chily, una mujer señalada como la operadora de varias “casas de pique” en Buenaventura. Esa noticia, como otras en las que han estado involucradas personas colombianas, se han instalado en la percepción de algunos chilenos.

Una mujer chilena habitante de Cerro Chuño interceptó a los reporteros y los retó por “entrevistar a delincuentes”. Antes, un conductor de taxi se negó a entrar a la villa, pues –dijo- “todos los colombianos son delincuentes”.

-¿Alguna vez usted ha conocido o hablado con alguno de ellos?, se le preguntó.

-“No, ¡nunca!”, exclamó el taxista.

Las cifras del Departamento de Extranjera de Chile muestran que desde 2005 Colombia ya era, por mucho, el principal solicitante de refugio con el 78.7 por ciento de las solicitudes. En 2010 la cifra alcanzó su máximo, con 84.6 y cuatro años después, en 2014, la cifra se mantuvo casi al mismo nivel, con 84.4 por ciento. El flujo en los últimos años es constante, y ese flujo sigue pidiendo refugio por razones de peligro inminente.

Según los datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Colombia se encuentra entre los 20 países de origen con mayor número de solicitantes de refugio a nivel mundial.

Un pizca de ellos estaban “donde Harold”, que trabajaba tapando ranuras en las paredes en medio del aroma a arepa, arrocito y huevos.

Afuera estaba la fiesta y también se contaban historias de terror. Pero se decían por piezas sueltas porque en medio de los relatos siempre van las bromas, gritos, burlas, carcajadas o pasos de baile a presumir. Los recuerdos de las aberraciones que los rodeaban se van quedando escondidos tras el modo alegre innato de la población afrodescendiente.

Harold es un refugiado que llegó hace siete años cuando un grupo guerrillero amenazó de muerte a su hijo que tenía la edad de 17.

“Me lo iban a matar si no se iba a la guerrilla. Me tocó conversar con los caballeros que estaban allá y me dijeron que, como no se quería ir el hijo mío, entonces me iban a matar a mi. Me enfrenté con ellos. En la noche llegaron y me dijeron que tenía que desocupar la casa porque si no, no amanecía”, contó.

La historia de su viaje a Chile también es la de miles de colombianos: una carrera atropellada cruzando fronteras y parando en puntos específicos esperando los documentos que necesitaba para entrar al país. Después, en Tacna, tomó un bus hacia la frontera de Chacalluta pero fue rechazado porque sus argumentos no convencieron a los oficiales de la PDI.

Otra escena miles de veces repetida, otra vez el carrusel: Un migrante afrodescendiente saliendo de la terminal de Tacna hacia el llamado muro de los lamentos.

El SJM ayudó a Harold a conseguir refugio tras una investigación del ACNUR en la que se comprobó el peligro inminente para su vida.

La canción “Jaime Molina”, del compositor vallenatero Rafael Escalona, comenzó a retumbar en el gigante aparato de sonido de Harold (en cada casa de familia colombiana hay uno igual) y el anfitrión se aburrió de recordar.

Algún vecino chileno se acercó a la fiesta. Otros más pasaron, saludaron y siguieron de largo. Eliézer era uno de los invitados. En ese callejón de Cerro Chuño parecía que había concurso de carcajadas.

Al día siguiente, la cuñada de Harold, Maura Mosquera, fue de compras al muelle del puerto de Arica con varias amigas y amigos. El comerciante que les vendió el pescado fue embestido por un mar de instrucciones de sus clientes colombianos de cómo cortar bien el pescado. Los lobos marinos obesos que cachan las vísceras todo el día se desesperaron durante la explicación.

Mientras tanto, alguien soltó un grito ofensivo hacia el grupo de afrocolombianos. Nadie hizo caso, y el vendedor chileno aprendió cómo hacer los cortes al pescado para que el caldo tenga mejor sabor.

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Este reportaje fue elaborado por Rodrigo Soberanes (texto) y Víctor Ruiz Caballero (fotografías) de Ruta35 y es republicado en CONNECTAS gracias a un acuerdo de difusión de contenidos. 


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