Venezuela: la marcha sin fin

Disturbios, manifestaciones y represión han sido el paisaje general en varias ciudades de Venezuela, donde miles parecen haber perdido el miedo a los cuerpos de seguridad oficiales. Esta vez la determinación por unas nuevas elecciones tiene al pueblo venezolano en las calles pese al hambre y al temor.

Foto principal y de los cuerpos de seguridad en acción, tomadas del portal venezolano Efecto Cocuyo. Imagen de la mujer enfrentando a la tanqueta, tomada de la cuenta de Twitter de @hsiciliano y del joven desnudo frente a las autoridades tomada de la cuenta de Twitter de @GabyGabyGG

Venezuela, que solía tener la proyección de crecimiento más importante de América Latina a principios de la década pasada, vive hoy altos índices de escasez. Según un estudio de la firma More Consulting de 2016, el 15,7% de la población ha hurgado en la basura en busca de comida. Por eso el mundo ha visto sin sorpresa cómo las últimas semanas millones de venezolanos han salido a las calles a protestar porque tienen hambre, porque no tienen medicinas y porque ya no le temen a la represión extrema. El saldo: nueve personas muertas, más de quinientos detenidos y cientos de heridos.

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La situación ha desmejorado en los últimos tres años. Según el Banco Central de Venezuela, la inflación del país en 2016 fue del 550% y el FMI reportó que el producto interno bruto disminuyó en un 18%. Sin embargo, no fueron las sospechas de fraude, ni el hambre, ni la inseguridad, sino la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, en la que declaraba asumir las competencias de la Asamblea Nacional, de mayoría opositora, lo que despertó la indignación en el país.

La jornada de protestas convocada por la Mesa de la Unidad Democrática – MUD (una coalición de partidos de la oposición), no es una novedad. En febrero de 2014 hubo una convocatoria parecida llamada “La Salida”, que dejó 43 muertos y más de cien detenidos. Al frente de ella, uno de los lideres más fuertes de la derecha venezolana, hoy encarcelado y sentenciado a casi 14 años de prisión por alentar aquellas protestas, Leopoldo López.

Sin embargo, después de aquellos días sangrientos en los que la motivación principal surgía de los altos índices de inseguridad y de las sospechas de un sector de la oposición de un fraude en las elecciones presidenciales de 2013, las protestas mermaron y la ciudadanía entró en un letargo propiciado por las amenazas y la represión del gobierno actual.

Aunque la sentencia se revirtió dos días después y el presidente Maduro declaró no tener conocimiento de los hechos, el sinsabor despertó nuevamente el deseo de protesta de los venezolanos. A principios de abril, el diputado de la oposición, Freddy Guevara, convocó a cientos de municipios del país a marchar, y el presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, pidió ante a la secretaria de la OEA un aumento en la presión por las elecciones regionales en el país, lo cual provocó serias amenazas del gobierno contra los funcionarios y fortaleció el discurso de la oposición ante la comunidad internacional.

Durante varias semanas de represión contra los manifestantes, se ha materializado un tipo de violencia que parece ya no asustarlos. Desde el primer día se han declarado excesos por parte de la Policía Nacional Bolivariana, que durante la tarde del 19 de abril hizo un ataque tan intenso con gas lacrimógeno que obligó a decenas de personas a saltar al río Guaire, uno de los más contaminados de América Latina, quienes debieron entrar en aguas putrefactas para resguardarse momentáneamente de la represión oficial.

La paradoja es que una marcha paralela en apoyo al oficialismo aconteció sin contratiempos y sus participantes pudieron llegar exitosamente a escuchar las palabras del Presidente Maduro. Frente a una multitud, el mandatario prometió prontas elecciones regionales y propuso un diálogo con la oposición, una movida que buscaba nuevamente encontrar un desenlace sin avances, una derrota para aquellos que entienden las promesas de negociación como una forma de dilatar las soluciones efectivas que necesitan para mejorar sus condiciones de vida.

El recién inhabilitado gobernador de Miranda y líder de la oposición, Henrique Capriles, rechazó el diálogo y convocó a una nueva marcha que se llevó a cabo el 20 de abril, dando respuesta a la invitación del Presidente y a la insistencia del gobierno en decir que se había cumplido con una jornada tranquila y sin contratiempos, como reflejan las declaraciones que dio el Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, a pesar del asesinato de tres personas.

La situación de orden público y precariedad de Venezuela ha despertado la atención y preocupación de varios países de la región, entre ellos, el presidente de Argentina, Mauricio Macri, quien pidió prontas elecciones; el presidente de Panamá, Juan Carlos Varela, quien hizo un llamado para que se respete el derecho de los venezolanos a la oposición y la protesta; y el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, quien responsabilizó al gobierno por las muertes violentas en Venezuela.

Pero fueron las declaraciones del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, las que despertaron la ira de Nicolás Maduro. Santos declaró que ya hace seis años le había advertido a Hugo Chávez que la revolución bolivariana había fracasado, y alertó ante la ONU la militarización en Venezuela, lo cual dio como resultado una sarta de insultos y amenazas por parte del mandatario venezolano. Entre otras, dijo que conocía un plan del gobierno colombiano para asesinar exlíderes de la guerrilla de las FARC y que revelaría secretos que tenía guardados durante la última década sobre el proceso de paz colombiano.

La MUD realizó un nuevo llamado a salir a las calles este sábado, 22 de abril, a lo que han denominado la Marcha del Silencio, una manifestación en nombre de aquellos que han caído durante las protesta recientes.

Esto parece marcar un paso más en el camino de la acción y de aprovechar las pequeñas fisuras que se vislumbran al interior del gobierno, como las declaraciones recientes de la Fiscalía desaprobando las medidas políticas que ha tomado el gobierno de Maduro contra la Asamblea Nacional y varios funcionarios de la oposición.

Lo que queda claro es que gran parte del pueblo venezolano no tiene duda. Le han puesto el cuerpo a la lucha. Ya no marchan y van a casa, sino que se enfrentan a los tanques, resisten aguas podridas, gases lacrimógenos, golpes y reprimendas en función del cambio, que para muchos está en tener cada día y por lo menos, un plato de comida en la mesa y poder, en el futuro próximo, caminar seguros a casa.

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