¿Fin de Petrocaribe?

La oposición venezolana, que acaba de ganar la Asamblea Legislativa, quiere acabar con la “petrodiplomacia” del chavismo.

¿Fin de Petrocaribe? El excandidato opositor Henrique Capriles ha llamado a no regalar más petróleo para conseguir aliados políticos. Fotos: Russavia-Fernanda LeMarie (https://goo.gl/TLU2vl) / Dmonterog (https://goo.gl/NQKL2e) / Wikimedia Commons

Petrocaribe, una iniciativa de cooperación energética creada en 2005 por Hugo Chávez, es el mecanismo por el cual Venezuela ha conseguido aliados en el Caribe usando su principal herramienta política: el petróleo. Ahora, la crisis económica venezolana y el fortalecimiento de la oposición plantean cambios en la política económica, que podrían afectar a países dependientes del crudo venezolano.

A través de Petrocaribe, Venezuela ha vendido su petróleo por debajo del precio oficial y con créditos preferenciales a los Estados miembros, que además pueden pagar parte de su deuda en bienes o servicios. Hasta noviembre del año pasado se calculaba que los países signatarios habían recibido 301 millones de barriles de petróleo.

Este mecanismo se creó en una época de abundancia. En los años en los que el barril estaba disparado, en Venezuela no se sentía el impacto del suministro a bajo costo a otros países y la economía nacional no estaba tan necesitado de divisas. Petrocaribe se convirtió en el principal proveedor de petróleo concesionado en el Caribe. Con esa venta a precios preferenciales, Venezuela consiguió aliados políticos en la región.

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En marzo de 2013, cuando Chávez murió, sin embargo, ya se veían los problemas estructurales de la economía. Entre las causas estaban haber utilizado el petróleo como arma política y destinado los recursos que quedaban de la renta petrolera a “misiones sociales” -para subsidiar con educación, salud, vivienda y alimentación a las clases de menor ingreso-, sin haber reinvertido en la industria petrolera ni diversificado la economía. Al contrario, se paralizó el sector privado y el aparato económico nacional.

Como no se reinvirtió en la industria, la producción del petróleo cayó. En 1998 el país producía 3,41 millones de barriles diarios, y para 2013 producía alrededor de 2,35. En el fin de la era Chávez se veía, como señalaba el profesor Peter Clegg, que debido a los acuerdos preferenciales de suministro de petróleo (como Petrocaribe) y otros acuerdos como aquel por el cual Venezuela suministraba 400 mil barriles diarios para pagar sus deudas con China, aproximadamente el 43% de las exportaciones de PDVSA no eran pagadas de manera directa.

Bajo el gobierno de Nicolás Maduro la situación ha empeorado. Venezuela se ha visto extremadamente vulnerable ante la caída del precio del barril, porque depende casi exclusivamente de este recurso y porque no tiene fondos de ahorro para sostener a largo plazo sus misiones sociales o para reactivar su industria. Durante los años boyantes del petróleo, Venezuela no utilizó esos recursos para ahorrar ni para invertir, ni para disminuir sus deudas. Por estas razones se plantearon dudas sobre la sostenibilidad de Petrocaribe y la necesidad de que Venezuela cobrara el barril al precio real, para empezar a recuperar su economía.

En las elecciones presidenciales de 2013, en las que Maduro obtuvo una ajustada victoria, su contendor Henrique Capriles tenía como plan “no regalar” más petróleo para conseguir aliados políticos. Desde entonces, a pesar de esa derrota, la oposición ha tenido como bandera acabar con la petrodiplomacia, que habría costado al país reducciones en sus ingresos petroleros de alrededor US$50 mil millones durante la última década. Ahora que ganó con una supermayoría en la Asamblea Legislativa, la oposición tiene entre sus planes concretar ese proyecto.

Esto despierta preocupaciones en los países beneficiados. En El Salvador, voceros del partido FMLN aseguraron que el triunfo opositor en Venezuela se debe a una “guerra económica” y que, en todo caso, la Asamblea no tiene alcance sobre acuerdos suscritos por el órgano Ejecutivo, como Petrocaribe. “Son 19 países los que lo constituyen. Eso no se va a romper porque a una Asamblea venezolana se le antoje decir ‘rompámoslo’”, dijo el diputado Manuel Flores.

Ante las dudas sobre la capacidad de Venezuela para seguir suministrando petróleo a precios tan cómodos, EE. UU. también entró en escena. Con la recuperación económica y el aumento de la producción de petróleo de esquisto mediante el fracking, Washington ha buscado abrir el mercado energético en el Caribe. Desde el año pasado, propuso en la Cumbre de Seguridad Energética del Caribe transformar los sistemas energéticos de la región, para que sean sostenibles, utilicen energías renovables y para que la región “no continúe profundizando su deuda con el único proveedor de energía como ha sido hasta ahora”, comentó Amos Hochstein, enviado del Departamento de Estado a esa cumbre realizada en Washignton.

Para el chavismo esto es, desde luego, una estrategia del imperialismo para acabar con el proyecto que Chávez pretendía impulsar en América Latina. El gobierno Bolivariano dice que EE. UU. intenta fragmentar Petrocaribe para que las transnacionales retomen el control de suministro de crudo en la región. Maduro ha reiterado su compromiso de que los acuerdos de Petrocaribe sigan vigentes.

Pero, de nuevo, los problemas estructurales de la economía venezolana y la derrota electoral del chavismo plantean una realidad distinta. Los países del Caribe, antes de pensar en un proyecto político regional o en afinidades ideológicas, piensan en su supervivencia energética. Hay países caribeños que entrarían en una profunda crisis si dejaran de recibir envíos de Venezuela. Los casos más emblemáticos son Cuba y Haití.

Quienes critican Petrocaribe dicen que, aunque ha sido esencial para apoyar a algunos países durante complicados períodos económicos, no ha promovido la diversificación energética ni un mejoramiento significativo de sus economías, sino que ha dejado a algunos países caribeños con grandes deudas y una inmensa dependencia del crudo venezolano. La mala noticia para esos países es que ni siquiera EE. UU. podría sustituir al crudo venezolano. El propio gobierno estadounidense, a través del viceasesor de Seguridad Nacional, Ben Rhodes, aseguró que podrían brindar algunos “recursos” a los 17 países que se verían afectados por la desaparición del programa, pero no podrían “sustituirles simplemente el petróleo venezolano con petróleo estadounidense”.


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El presente artículo fue escrito por Daniel Salgar Antolínes para  El Espectador (Colombia);  y es republicado en CONNECTAS gracias a un acuerdo para difusión de contenidos.

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