El cambio climático en el país más pequeño de América

El Salvador no tiene voz en las pautas que marca el mundo en materia medioambiental, pero es uno de los más vulnerables. La cumbre de las Naciones Unidas finalizó en Marruecos. Un total de 103 naciones cumplieron con ratificar los acuerdos de la cita de 2015. El país más pequeño de América con excepción de islas, no es uno de ellos.

Un hombre moreno y flaco con los pies en la arena habla acerca de cómo el aumento del mar va dejando a su comunidad sin manglar y, como consecuencia, sin comida y sin ingresos. Una comerciante hace cuentas: en una semana, y solo en la punta del cerro en donde funciona este restaurante, han sido talados más de 200 pinos.

La cosecha de granos entre 2015 y 2016 bajó 18% en todo el país, unos $60 millones muy significativos en una economía que hasta hace poco se definía como agrícola y que ahora es de servicios. Los paquetes repartidos el año pasado a 2,400 familias de los municipios más secos como La Unión, San Miguel Y Usulután contenían 60 libras de maíz blanco, 35 libras de arroz, 30 libras de frijol rojo y dos libras de sal; el proyecto que enmarcó esta medida para evitar el hambre en pleno siglo XXI tuvo un nombre largo y elocuente: “Atención, prevención y mitigación de los efectos del cambio climático a productores agropecuarios en municipios del corredor seco y otras zonas afectadas por la sequía en El Salvador”.

Este reportaje elaborado por Glenda Girón y Ricardo Flores (textos), Borman Mármol, Ángel Gómez y Nilton García (fotografías) para La Prensa Gráfica de El Salvador es republicado por CONNECTAS gracias a un acuerdo de difusión de contenidos.

Desde lo individual a lo colectivo, el cambio climático está complicando de manera sensible y directa las dinámicas de este país de 21,000 kilómetros cuadrados y 6 millones de habitantes, el más pequeño de América,sin que, hasta la fecha, la alerta por este fenómeno haya escalado lo suficiente como para liberar recursos para hacer frente a lo que viene. Porque, pese a la seriedad de lo ya visto, lo peor está por venir.

El 2016 ya tiene casi seguro el título del año más caliente de la historia desde que se tienen registros. Lo dice la Organización Meteorológica Mundial (OMM). La temperatura global ha aumentado casi 1°C entre enero y agosto. Se dice fácil, pero ese 1°C significa una sentencia para, entre tantos otros, el hombre flaco que en medio de un cementerio de mangle espigado explica cómo es que el deshielo polar y el aumento del nivel del mar lo ha dejado, a él y a su comunidad, sin 350 metros de bosque salado y, con ello, sin punches y sin zambos, esos peces con más vísceras que carne de no más de 10 centímetros de largo que vende a $1.50 por cubeta. Cuando la ola del mar se mete cada vez más en el manglar altera el equilibrio del agua y lo seca, lo mata: “Al mar no lo detiene ni con que hicieran un malecón”. Y tiene razón en que este tipo de alteración no se puede contener desde la arena de la playa La Tirana, en Jiquilisco, Usulután, en la que se encuentra parado.

El cambio climático ha revelado para El Salvador temperaturas mucho más dramáticas en comparación con el promedio global. En 18 de las 25 estaciones de vigilancia del clima que el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales tiene distribuidas en todo el país se rompieron los records de temperatura el año pasado. Y este año, el que va camino a ser recordado como el más caliente, seis estaciones ya marcaron nuevos límites superiores.

De cómo arrancarle cosecha a un suelo salado

El calor ha aumentado más en la parte occidental del país. Para muestra, en mayo, la temperatura subió 2°C en el municipio Candelaria de La Frontera, Santa Ana. Para tener una mejor idea de la brusquedad de este fenómeno, si a escala mundial la temperatura subiera 2°C, el deshielo en Groenlandia sería irreversible, las corrientes subacuáticas que atraviesan por el cinturón de fuego hasta Europa y que ayudan a estabilizar lo que marca el termostato se verían alteradas, desaparecerían algunas islas y, entre otras consecuencias, aumentaría la cantidad de sequías y también de huracanes. Un incremento de la temperatura por encima de dos grados tendría consecuencias catastróficas para el planeta, lo dice la ONU. En el mismo tono lo confirma una economista laboral especializada en diseño de estrategias, planes y proyectos de cambio climático. El municipio de Candelaria la Frontera no fue el que más aumento de temperatura registró solo en mayo, también lo hizo en abril, con 1.7 °C; junio, con 1.2 °C; y julio, con 1.4 °C.

Yvette Aguilar es la experta en cambio climático. Es una salvadoreña que se graduó de la Universidad de Lovaina y ha sido parte del cuerpo técnico y también negociadora durante más de 10 años en el marco del proceso multilateral de cambio climático. A ella, tan empapada en el tema, se le oyen con naturalidad frases como esta: “Se sigue afectado la vida marina de forma acelerada. Seguramente, en poco tiempo, habrá pocos crustáceos para los cocteles”. De hecho, en enero fue Acajutla (Sonsonate) la estación de clima con los valores más altos con 1.5 grados centígrados (°C) de aumento. Y, este lugar famoso por el puerto en donde se comercializan mariscos frescos, también lo fue en febrero, con un aumento de 1.2 °C.

En marzo fue la estación de monitorización ubicada en Ahuachapán la que arrojó el mayor registro, con 1.8 °C. El café, uno de los productos más enraizados en esta zona del país y sufrió entre 2014 y 2015 una crisis por roya, un hongo que en el aumento de la temperatura acortó sus ciclos e infestó tantas plantas hasta el punto de traducirse en pérdidas millonarias para el sector cafetalero. Y en la débil economía de las familias que reciben ingresos por empleos en las diferentes etapas del ciclo del grano, esto se tradujo en hambre. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas tuvo que entregar paquetes alimenticios a 9,724 familias para evitar que se elevara el número de casos de desnutrición severa.

El cambio climático en un país tan vulnerable y lleno de familias con una economía endeble como El Salvador disminuye, en primera instancia, la disponibilidad de alimentos. “El incremento de temperaturas y la reducción de las precipitaciones afectará año con año los cultivos de frijol y maíz”, dice, sin medias tintas, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Muy arriba del ya alarmante aumento de 2°C en Candelaria de la Frontera, se calcula que las temperaturas en este país lleguen a aumentar hasta en 2.6°C. Esto lleva de forma ineludible a “variaciones importantes en los patrones de lluvia, retrasos en el inicio de la época lluviosa y fuertes períodos de canícula”. El siguiente eslabón de la cadena se verá en el ciclo de producción de la agricultura y en la disponibilidad de agua.

Tanto en el rendimiento de las cosechas como en las lluvias, se prevé que la zona Oriental, ahí en donde ya el año pasado 2,400 familias necesitaron paquetes alimenticios, sea la zona más afectada. Solo en La Unión, de seguir la situación tal y como hasta ahora, la siembra de frijol rendirá 98 % menos; en otras palabras, no habrá frijol en esa zona. En el maíz, la caída en el rendimiento será del 47 %, casi a la mitad. El frijol es la única fuente de proteína a la que tienen acceso las familias con ingresos económicos reducidos. El maíz es la base alimenticia. Sin estos dos elementos, lo que se espera es la profundización de una crisis que ya lleva años asentada.

Desde ya, por ejemplo, el PMA tiene identificados 38,000 hogares que requieren ayuda humanitaria para poder contar con la cantidad básica de alimentos. Las organizaciones de agricultores, por su parte, calculan que hay 116,000 familias que necesitan esta clase de apoyo porque lo que producen no es suficiente. En condiciones climáticas más adversas, como las que ya se proyectan, la producción será todavía menos y el hambre será más. ¿Quién debe elaborar la guía de acciones para el panorama que se viene?

La sentencia de muerte que dicta un gorgojo

Plagas, enfermedades de ecosistemas, sequía, falta de alimento en zonas costeras, suelos improductivos, manglares secos y un muy largo etc. tiene como base el cambio climático. Para armar una fotografía integral del nivel de preparación que se requiere para reducir los daños es necesario, primero, el involucramiento de las instituciones y, después, la coordinación entre estas. El tercer paso, a grandes rasgos, son los acuerdos internacionales.

Casi un cuarto de siglo pasaron hablando sobre el clima los líderes mundiales antes de llegar a un acuerdo, para muchos plagado solo de buenas intenciones, para frenar el calentamiento del planeta. Un acuerdo que El Salvador respaldó, pero aún no ha hecho suyo.

“Entre que se aprobó el Protocolo de Kioto (1997) y se ratificó por el suficiente número de países (2005) para que entrara en vigor transcurrieron siete años y 10 meses”, se lee en el periódico El País, de España, sobre el camino recorrido por este acuerdo que implicaba que los países ricos compraran certificados de emisiones de gases a países en desarrollo que ejecutaran proyectos de reducción de las mismas. “El Acuerdo de París, firmado en diciembre de 2015, cumplirá ese trámite en menos de un año. Para la cumbre anual del clima de noviembre en Marruecos este pacto —que compromete a todos los firmantes a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero— ya estará en vigor”, sentencia la misma nota de El País. Una comitiva del gobierno salvadoreño, encabezada por Lina Pohl está ya en Marruecos, pero este país no tiene ninguna posibilidad de entrar en la negociaciones y menos de ser firmante de esos acuerdos. No lleva voz, porque aquí, en un año, no fue capaz de ratificar el acuerdo de la capital francesa.

El Salvador está lejos de figurar con algún proyecto en concreto de reducción de emisiones de gases. No hay. Ni siquiera hay planes contingenciales para las primeras zonas que se muestran afectadas, como las de los manglares, en donde el MARN es menos que un fantasma.

“El Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), es el punto Focal ante la CMNUCC (Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) y el encargado de coordinar, impulsar y apoyar las acciones vinculadas a la gestión de los riesgos ante el cambio climático”, se lee en el apartado marcado con la etiqueta “Cambio climático” que se encuentra en la página web de esta institución. Arriba de estos párrafos formales y llenos de oraciones largas y palabras innecesarias, aparece una foto del manglar seco de la playa La Tirana, en Jiquilisco. Hasta esa arena desde donde habla el hombre flaco -que se llama Nahum Díaz- las “acciones vinculadas a la gestión de riesgos” no han llegado. Nahum y la situación en la que vive su comunidad, de hecho, hablan con mucha más elocuencia y precisión sobre este problema que muchos de los documentos con posturas oficiales que tiene el MARN en su web. Nahum sabe que el mar no se va a detener. Va a seguir secando manglares y no hay nada que desde esta arena se pueda hacer más que ver cómo la ola furiosa acaba por derribar los mangles secos durante la marea alta. Sabe que las acciones las deben emprender los países. El Salvador no ha ratificado el Acuerdo de París. Ratificarlo iba a dar pie para que cada sector colocara metas de reducción de emisiones de gases porque, a diferencia del Protocolo de Kyoto en el que solo los países más contaminantes estaban amarrados a este tipo de metas, en el de París se contempló que todos se comprometieran. La ratificación que está en manos de la Asamblea Legislativa debe ir acompañada de la primera contribución del país para reducir emisiones en transporte, electricidad y agricultura, por ejemplo. Y comprometerse con números no es algo que hagan con regularidad las autoridades salvadoreñas, tan empequeñecidas siempre ante los problemas. “El Plan Nacional del Cambio Climático que se lanzó en junio del año pasado no tiene un sistema de indicadores por cada meta. Hay muchas metas que dicen está en la fase de dar inicio”, adelanta al respecto Yvette Aguilar.

El Salvador no hace una contribución significativa a escala mundial de emisiones de gases. Pero sin una Contribución Prevista Determinada (INDC), “se pone en riesgo el acceso y dotación de recursos financieros para la adaptación”, señala la Mesa de Cambio Climático de El Salvador que agrupa a 25 instituciones. Sin compromisos no hay dinero para hacer las adecuaciones indispensables para hacer que el impacto deje menos consecuencias irreversibles.

La comunidad que se seca con el manglar

“Adaptación”. La palabra engloba lo que se necesita en el país desde el manglar hasta los bosques de pino de los municipios del norte, como Arambala y Perquín, antes tan castigados por la Guerra Civil. Nadie puede detener el mar, ni a una plaga de gorgojos descortezadores que no se sabe cómo se pasa de un pino a otro y ya devastó 300 hectáreas de bosque. Nadie decreta sobre las sequías o sobre las lluvias intensas, pero se pueden adaptar las fechas de las siembras para reducir las pérdidas. ¿Qué hacen las autoridades como el MARN o los diputados al respecto? Aguilar contesta: “Había una meta de establecer un fondo de adaptación y disminución de riesgos. De eso, no hay nada”.

Este reportaje elaborado por Glenda Girón y Ricardo Flores (textos), Borman Mármol, Ángel Gómez y Nilton García (fotografías) para La Prensa Gráfica de El Salvador es republicado por CONNECTAS gracias a un acuerdo de difusión de contenidos.


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